in extrema hora

literatura

Como agua para chocolate

Escrito por extremahora 26-09-2007 en General. Comentarios (1)

Mi abuela tenía una teoría muy interesante; decía que todos nacemos con una caja de fósforos adentro, pero que no podemos encenderlos solos... necesitamos la ayuda del oxígeno y una vela. En este caso el oxígeno, por ejemplo, vendría del aliento de la persona que amamos; la vela podría ser cualquier tipo de comida, música, caricia, palabra o sonido que engendre la explosión que encenderá uno de los fósforos. Por un momento, nos deslumbra una emoción intensa. Una tibieza placentera crece dentro de nosotros, desvaneciéndose a medida que pasa el tiempo, hasta que llega una nueva explosión a revivirla. Cada persona tiene que descubrir qué disparará esas explosiones para poder vivir, puesto que la combustión que ocurre cuando uno de los fósforos se enciende es lo que nutre al alma. Ese fuego, en resumen, es su alimento. Si uno no averigua a tiempo qué cosa inicia esas explosiones, la caja de fósforos se humedece y ni uno solo de los fósforos se encenderá nunca.

 

Laura Esquivel

Para ti

Escrito por extremahora 06-09-2007 en General. Comentarios (2)

Hoy no escribo en versos. Me quito el disfraz de poeta con que suelo enmascararme y solo escribo, deseando fervientemente que en el otro extremo del monitor que tengo frente, tu mirada acaricie mis letras y descifre lo que mis dedos van derramando en el teclado. Quizás no creas en principio que lo que escribo es para ti. Quizás lo leas como algo más que escribió alguna soledad en el correo de sus lamentos, como hacen otros tantos. Quizás como lo haces tu misma. Sólo quizás. Pero tengo fe ciega en que, si eres tú la que espero, lo que escribiré desatará dentro de ti las ondas cristalinas del estanque de tu alma, como quiebran la quietud del agua las hojas que caen al río. Y cuando suceda, y sepas que eres tú, entonces lo que escribo tendrá destino. Sabrás que es cierto y sabrás también perfectamente a qué me refiero cuando hablo de lo que hay en mí, porque hablamos de lo mismo. Porque nos late por dentro y por fuera. Es sólo que mi conciencia de ti ya ha despertado y ahora busco desesperadamente el despertar de la tuya.

Te sueño hace tiempo. No sé si te creé de mi fantasía o de un deseo. Pero desde la primera vez que te soñé, me aferré a ti para siempre. Cómo es posible? No lo sé aún. Ni yo mismo  puedo explicarlo. Pero, sabes? Ya dejé de pedir respuestas. Ahora solo espero por ti y todo lo tuyo.

No te imagino claramente, lo confieso. No tengo detalles de cómo puedas ser. No tengo ni la menor idea de cómo vendría vestida tu alma. Pero por dentro te conozco. Cuánto te conozco! Te conozco más que a mi mismo. He conversado tanto contigo, con tu sombra, que podría reconocer tu susurro, tu respiración y tu aliento aunque nunca te he visto. Te sé tanto que, estoy seguro, sabré reconocer tu pulso y el ritmo de tus latidos aunque no contara con mis sentidos.

No sé como podría explicarte lo que siento. Sólo sé que cuando pienso en ti sonrío inevitablemente y una brisa helada recorre mi ser como si una presencia etérea se apoderara de mi. A veces miro a mi alrededor esperando encontrarte, segura de que si estás, sabría quien eres tú. Y otras veces pienso que es humanamente imposible tener esa certeza y me sorprendo a mi mismo vagando entre la mirada de caras desconocidas, gritando tu nombre sin saberlo, esperando que en el eco de mis propias voces, me respondas: Aquí estoy!

Sé que respiras profundo y pausado. Se que quisieras encontrarte en estas líneas. Correr más rápido tras el tropel de mis letras, alcanzar tu propio nombre aquí y cerciorarte de que eres tú misma. Sonríes. Te gusta más tu verdad en palabras ajenas. Y yo me voy enamorando cada día más de esa sonrisa que no he visto nunca en piel alguna, esperanzada en que algún día, algunos labios me mostrarán cómo es, en realidad, esa sonrisa en tu boca.

Te brillan los ojos y comienzas a sentir el deseo incontenible de hacer realidad lo que sientes al leerme, porque lo necesitas tanto como yo. Porque quizás te sobra todo, pero te falta lo que yo tengo como un estigma de ti. El secreto que me dejaste en la almohada, el que me cantaste en voz muy baja para no despertarme, pero que yo encontré en la mañana, impregnado del rocío de tu aroma. Tu secreto que es mi vida y que atesoro tanto. El secreto con que te escribo ahora.

Siento un nudo en la garganta de sólo pensar que me lees y que no sé dónde estás. La desesperación me alebresta el alma por correr hasta ti y refugiarme en tus brazos sin más palabras. Sabes que me muero por arrullarme con tu silencio y protegerme del mundo acurrucado en la calidez de tu cuerpo, oculto en la ternura de tu aroma y absorta en la melodía de tu voz. Y lo que más me atormenta, es que en lo profundo de mi cordura, de mi realidad y mi consciencia yo sé que existes. Que estás en algún lado buscándome como yo vivo dando vueltas en este laberinto persiguiendo las huellas que imagino tuyas y los despojos que la vida me va regalando de lo que tu sientes.

En un abismo de sentimientos sin respuestas encuentro serenidad sólo cuando dejo ir mi alma convertida en letras a tu vida, pensando, como ahora, que sabrás que es para ti que escribo. Entonces me invade la misma paz que me regala soñarte, despierto o dormido. Tu silueta deja de ser sombra para hacerme compañía y el mundo entonces se hace más llevadero. Saber que estás al otro extremo de este monitor y que mis palabras encontrarán un alma para hacer eco, que se me devolverá en la esperanza de que seas tú y de que me sientas. Que sepas que estoy aquí, que existo y que yo sé que estés allá, que podré alcanzarte algún día.

Queda en mi, mientras tanto esta ansiedad de encontrarte De mirarte a los ojos de carne para saber de qué color son. De salir del espejo en el que te miras cada mañana y que sepas que soy yo, quien te recita poesías en las noches para que no te sientas sola y te espanta los fantasmas que quieren asustarte. Dejar de ser una angustia y convertirme en un remanso donde descanses cada noche aunque no duermas conmigo. Dejar de ser un sueño, una fantasía, un deseo y convertirme en lo que anhelas.

Mi más grande temor es que no sea yo quien esperas tú, porque ya no me quedan más que un par de manos desvencijadas que sólo saben acariciar y escribir. Unos labios desteñidos y añejos que solo saben susurrar recitando la lluvia y besar tarareando el silencio. Sólo me queda una piel desgastada que aguarda pacientemente para cuidarte del frío y mis ojos, con un par de miradas reservadas para reconocerte y para adorarte el resto de lo que me quede cuando te encuentre.

No tengo nada que ofrecerte, pero quería que supieras, que allí donde estás estoy yo. En el lado oscuro de tu corazón cuidándote los sueños. Arrullándote con cantar de grillos cuando oscurece para que duermas y así colarme en tus sueños a robarte un poquito de lo que necesito para seguir adelante.

Sólo quería que supieras, que sí, que escribo para ti y que deseo con todo mi corazón que lo sepas, que lo sientas y que me des la oportunidad de saber que no estoy equivocado. Que sí existes y que quizás algún día puedas acercarte a recoger lo que te he guardado en mi alma.

Quería que supieras de mi amor por ti y lo que sé de tu vida. Y que si algún día sientes que puedo tener de ti aunque sea solo un suspiro, moriré feliz de tenerlo, porque viví para recibirlo.

Desde lo más profundo de mí te escribo para amarte un poco mientras apareces.

Visens.

Johnny cogió su fusil

Escrito por extremahora 26-06-2007 en General. Comentarios (0)

Hay sucesos que, inevitablemente, son el detonante de situaciones posteriores. Lo fue el ataque japonés a Pearl Harbour en 1941, que provocó la entrada de los EE.UU. en la II Guerra Mundial, y también lo fueron los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, que precipitaron la rendición nipona (capitulación del 2 de Setiembre de 1945). Sirvan estas breves observaciones para situar en el tiempo el presente relato.

 

            La camilla con ruedas presidía el centro de la inmensa sala. Cuatro enormes focos estratégicamente prendidos del techo, alumbraban al paciente. Una inmaculada sábana cubría parcialmente el cuerpo de Johnny, o lo que quedaba de él. Aquel despojo humano se esforzaba por entender la situación. Su ser mutilado, huérfano de extremidades, intentaba en vano iniciar algún movimiento. Deslumbrado por los focos, más que ver, adivinó a una serie de personas que le observaban meticulosamente a su alrededor, intercambiando opiniones entre ellos. Cuando sus ojos se habituaron a la cegadora luz, comenzó a distinguir tan variopinta compañía: médicos con impecables batas blancas; cirujanos con el clásico atuendo verde; enfermeras cuyos diminutos batines apenas cubrían sus interminables piernas; militares de alta graduación, ásperos y secos; un capellán castrense (delatado por el alzacuellos) y algún individuo más que su ángulo de visión y su incapacidad de movimiento le impedían distinguir.

 

            Johnny todavía no era plenamente consciente de su situación, pero un negro presagio se fue apoderando de él. Intentó nuevamente estirar una pierna pero las órdenes emitidas por su cerebro no obtuvieron respuesta. Hizo lo propio con la otra y el resultado fue el mismo. Horrorizado, comprobó con la vista que el montículo que formaba su cuerpo se convertía en llanura al llegar a la altura de lo que suponía las caderas.  Quiso gritar pero no pudo, tan solo un sonido gutural e ininteligible salió del oscuro agujero que un día fue perfecta boca. Su desazón fue en aumento. Un líquido viscoso y tibio empezó a descender por el mapa-mundi de su cara. La rosácea cortina le enturbió la visión. Instintivamente intentó frotarse los ojos pero descubrió con pavor que también le faltaban los brazos. Su zozobra era tan evidente que, a pesar de su inmovilidad,  fue advertida por los galenos que se apresuraron a inyectarle morfina.  Uno de los médicos le preguntó si  le oía.  Johnny intentaba decirle que si pero no podía contestar. El doctor volvió a insistir nuevamente, inclinándose sobre la camilla y alzando el tono de voz.  Sus palabras atravesaron los restos del pabellón auditivo del paciente y se clavaron en sus tímpanos como punzones al rojo vivo. El dolor  fue tan intenso que estuvo a punto de perder el conocimiento. Tuvo suerte de que la droga suministrada empezó a hacer efecto y entró en un estado de sopor muy agradable.  Sus remendados párpados pugnaban por permanecer abiertos  y su pensamiento buscaba ansioso respuestas a un tropel de preguntas: ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Qué hacía toda esa gente a su alrededor? ¿Por qué le miraban como si fuese un monstruo? ¿Cuánto tiempo llevaba en esta situación?  Cuando sus ojos se cerraron por completo, su alma abandonó temporalmente su cuerpo  y remontó el vuelo en busca de su pasado.

 

            Un aroma de natillas con canela le transportó a la cocina de su casa familiar. La vieja canción, tantas veces repetida en la radio de galena, le evocó la imagen de su madre: bondadosa, alegre, protectora.

 

            Un gusto a regaliz le embarcó en nuevas aventuras con los amigos de la infancia, aficionados a los novillos y competidores en travesuras, crueles algunas, inocentes  y cándidas la mayoría.

 

El roce áspero del petate sobre la espalda y el caqui del uniforme, le condujeron a la fila de reclutamiento para cumplir el voluntariado  militar.  De esta etapa de su vida lo único que le quedaba era el recuerdo de buenos camaradas con los que compartió imaginarias, chusco y raciones de bromuro.

 

            Alegres pajarillos de melodiosos trinos en frenético vuelo; flores de mil colores con sus brazos extendidos al cielo; un sol radiante y madrugador que provocaba chispas de plata en el cercano riachuelo. Todo ello componía una sinfonía de colores y sonidos anunciando solemne, cual ópera de Verdi, la llegada de la Primavera. En medio de tan incomparable marco y compitiendo en hermosura, Clara, su primer y único gran amor. Juntos despertaron sus sentidos a la vida, jugaron los juegos prohibidos, exploraron cada rincón de sus cuerpos, y sus dedos se perdieron en los pliegues de la piel.

 

            La felicidad no dura eternamente y nuestros dirigentes y politicastros se encargan de recordárnoslo con demasiada frecuencia. El bombardeo de Peral Harbour había precipitado la entrada de los yankees en la contienda y la denominada Segunda Guerra Mundial  pasaba a ser ahora todavía más mundial. La flor y nata de la juventud americana se había presentado a la llamada del tío Sam.

 

Las  largas filas en espera de embarcarse hacia Europa parecían ocupadas por alegres colegiales que se iban de excursión.  Un viejo escéptico y pesimista sólo veía mansos corderos en dirección al matadero. Johnny, en el muelle, se despedía de Clara. Se  habían fundido en un fuerte abrazo y sus cuerpos permanecían pegados como imanes. Distinguía cada centímetro de su piel, esa piel tantas veces explorada en intensas noches de amor. Sus labios se fundieron en un mágico beso hasta que la sirena del barco anunciando la partida rompió el embrujo. Se separaron muy lentamente sin dejar de mirarse. Unas lagrimitas, diminutas como perlas, se deslizaron por las mejillas de ella. Un nudo en la garganta le impidió articular el último adiós a él.

 

La interminable travesía del Atlántico transcurrió entre gritos y cánticos de los jóvenes soldados, ebrios de patriotismo y de güisqui. Johnny, solitario en un rincón, no era partícipe de esa desbordada alegría. Parte de su alma y de su ser habían quedado atrás, anclados en el muelle. Algo en su interior le decía que ya nada volvería a ser como antes.

 

Una vez desembarcados en la vieja Europa y tras una intensa semana de instrucción militar, los jóvenes reclutas ya se encontraban en el frente.  El primer día en la contienda fue el peor. La ilusión y el patriotismo inicial se esfumaron como por arte de magia. La tarea primordial de los novatos consistía ahora en dominar el miedo; impedir que el instinto básico de supervivencia les alejara de tan dantesco escenario en cobarde huída.

 

El resplandor de las bombas iluminaba parcialmente la noche a intervalos irregulares. Los oficiales vociferaban órdenes ininteligibles. Los gritos desesperados pidiendo ayuda se sucedían sin cesar. Los sanitarios, en frenética carrera, se afanaban en llegar a los heridos para auxiliarlos. El aire que se respiraba era nauseabundo. Un hedor mezcla de pólvora, azufre y carne quemada hacía insoportable la situación.

 

A veces, todo este maremagno de sensaciones visuales, sonoras y olfativas, se suspendían por un momento, como obedeciendo órdenes de un ser divino. Entonces, los soldados recelosos se incorporaban lentamente recuperando su verticalidad, respiraban aliviados y se sacudían mecánicamente el polvo de los uniformes. Pero esta paz era efímera, un espejismo en el desierto. Los cañones volvían a vomitar fuego por sus negras bocas con más virulencia si cabe. Parecía como si esos escasos minutos de descanso les hubieran renovado las energías. Volvían a rugir serios, masculinos, avasalladores. Y vuelta a empezar; a buscar cobijo al amparo de un árbol, de una roca o de un cadáver yerto, aún caliente.

Una sirena que sonaba como árbitro de fútbol señalando el final del primer tiempo del partido, era el inicio de una tregua parcial. Los sanitarios de ambos bandos, enarbolando banderas blancas y de la cruz roja,  se apresuraban en retirar sus muertos y heridos del campo de batalla. Unas pocas horas para dormir (el que pudiera) o descansar y vuelta a empezar. Otra vez los disparos, los gritos, las bombas.

 

Johnny había aprendido a calcular la trayectoria de los obuses haciendo caso a su fino oído: “¡Tranquilos, éste cae lejos!”, decía o: “¡Agachad la cabeza, que éste nos despeina!”, se atrevía a bromear.  Pero esta vez el canto de la bomba que se aproximaba no estaba en su catálogo de sonidos. Aunque agudizó sus oídos para precisar sus cálculos, ya era demasiado tarde. De inmediato comprendió que el amenazador obús no producía un silbido en el aire como los otros, era más bien un réquiem solemne.

 

Primero un regusto de sangre tibia recorrió su boca. Después resonaron en sus oídos globos hinchados estrujados con las manos. Más tarde se apagó la luz. Finalmente, el silencio absoluto.

 

Su alma viajera, volando con el viento y jugando con el tiempo, aterrizó ahora en la cruel realidad del maltrecho cuerpo de Johnny.  De nuevo la luz cegadora, la fría y aséptica camilla y las voces de los doctores que seguían discutiendo entre ellos. Intentó llamar la atención para avisar,  ya había recuperado la conciencia  pero seguía sin poder hablar. Tuvo la  suerte de que uno de los médicos castrenses, al sentir un leve ruidillo se girase y descubriese que Johnny tenía los ojos abiertos. Nuevamente todas las doctas miradas se dirigieron a él. Iniciaron una retahíla  de preguntas sin obtener respuesta. La única señal de vida de ese cuerpo casi inerte era un parpadeo constante de sus ojos.

 

De repente, una decidida voz sonó en la sala: “¡Ya lo tengo!” Todas las miradas apuntaron ahora al que había pronunciado tan categórica frase. Era un hombrecillo menudo y de ojos inquietos, cuyo uniforme, perfectamente planchado, no lucía tantos galones como el resto de los militares. “¡Usted dirá!”, le espetó uno de los coroneles presentes. Nerviosamente y con voz insegura expuso a todos su idea. Explicó la posibilidad de que el paciente conociera el alfabeto Morse y con este sistema, traduciendo los signos con movimientos de los ojos, podrían llegar a entenderse. Después de unos instantes dubitativos, todos los presentes, de uno en uno, fueron asintiendo con sus cabezas. Finalmente, el coronel dijo: “¡Proceda!” 

 

Obedeció de inmediato. Con delicadeza apoyó dos dedos sobre el vendaje que cubría la frente del paciente y con leves percusiones, utilizando el código Morse, intentó la comunicación. Los ojillos del militar brillaron de alegría al ver que su mensaje obtenía contestación. Durante quince minutos se estableció un fluido intercambio de preguntas y respuestas. Johny empezaba a verlo claro. El coronel que parecía estar al mando, impaciente, hizo traer cuaderno y bolígrafo para que le transcribieran la conversación. El experto en Morse obedeció, fue anotando toda la plática hasta que en un momento determinado se detuvo bruscamente y miró a Johnny a los ojos. “¡Continúe!” vociferó groseramente el coronel. La mano temblorosa del traductor  escribió: "¡QUIERO MORIR, MÁTENME!" El coronel, visiblemente alterado, dirigiéndose al capellán  castrense y con su habitual grosería le ordenó: “¡Haga algo, es su obligación!” El capellán, en un alarde de entereza le contestó: “Esto es un producto de su profesión, no de la mía.”

 

El dolor había desaparecido por completo, el olor a mercurio cromo también; la potente luz de los focos se había apagado y el silencio total se había apoderado de la sala definitivamente.

 

 FERNANDO ORTIGOSA MORA

 Palma de Mallorca, Junio 2005.

 

Ser de aquí y no de aquí

Escrito por extremahora 24-06-2007 en General. Comentarios (0)

Pierre Jourde, el escritor linchado por sus personajes

Paolo Fava

 

- No deberías haber dicho que somos “una región de mierda”.

- No dije “una región de mierda”, dije “la región de la mierda”. Y esta mierda la amo, ya lo sabes.

Así empezó todo. Pierre Jourde volvía a su pueblo natal, Lussaud (Cantal, centro de Francia). El pueblo que había retratado en su novela Tierra perdida (2004), en donde relataba el amor irracional que siente por la patria chica de sus ancestros pero al mismo tiempo revelaba las miserias de su habitantes.

Las infidelidades, las traiciones, el alcoholismo, los hijos ilegítimos, la hipocresía. Las historias secretas que circulan entre murmullos, que todo el mundo conoce pero mantiene pudorosamente sepultas.

El libro no sentó bien en el pueblo. Jourde intentó explicarse y regresó en 2005 con su familia. Los vecinos le estaban esperando y le acorralaron contra la puerta de su garaje al bajar del coche. Le amenazaron e insultaron a él y a sus hijos, a quienes llamaron sucios negros por ser mestizos.

La cosa se puso fea y alguien sacó un bastón. La familia intentó huir y empezaron a volar piedras contra el coche. Una acertó en un cristal. El hijo menor de Jourde, de sólo 15 meses, sufrió cortes. El jucio por agresión e injurias racistas ha empezado esta semana. Jourde declaraba:

El peor de los estátus es ser de aquí y no de aquí.

En España tenemos un amplio vocabulario para definir estos fenómenos. Tenemos a mano las coletillas de la ‘España profunda’, la ‘España negra’, y el mito tan dado de sí de la matanza de Puerto Hurraco. Hay algo que nos fascina en estos estallidos de violencia endogámica: en vez de ser la celebración de la comunidad tipo ‘Fuenteovejuna’, es algo más oscuro y – nos da por pensar – primitivo, la obediencia a impulsos viscerales, a la ley de la tribu. Que nos dé por llamarlo primitivo no significa que sea simple, al contrario: nada más complejo que las relaciones que entretejen las comunidades cerradas.

La oscuridad de esta ‘Francia oscura’ no lo es tanto por su violencia (anecdótica en comparación a la que se vive en las ciudades) sino por lo inextricable que resulta. Cada caso de violencia rural es una pequeña tragedia con su concatenación de antiguas injurias, venganzas que se transmiten por la sangre, alianzas y enemigos atávicos. Como en el caso del iceberg, sólo vemos la punta. Jourde debía saber que, desvelando su pueblo, lo perdería para siempre.

 

http://www.papelenblanco.com

Almas

Escrito por extremahora 01-06-2007 en General. Comentarios (0)

"Las almas tienen su particular manera de entenderse, de intimar hasta tutearse mientras los sujetos siguen cohibidos por los formalismos, aprisionados en el corsé de las normas establecidas. Las almas tienen necesidades suyas propias, aspiraciones a las que el cuerpo hará oídos sordos a poco que crea imposible satisfacerlas o realizarlas. Y cada vez que dos personas que se comunican de esta forma entre sí se encuentran a solas en algún lugar, experimentan turbación, angustia y casi una violenta repulsión al mínimo contacto exterior, sufrimiento este que las aleja y que desaparece en cuanto interviene un tercero. Entonces, pasado el mal rato, las dos almas, aliviadas, se buscan otra vez la una a la otra y vuelven a sonreírse desde lejos".
 
Luigi Pirandello, El difunto Matías Pascal.