in extrema hora

No hay humo pa' tanta gente

ALEJANDRA AZCÁRATE

El ser humano necesita el conflicto para vivir. Hay a quienes les sobran los problemas, otros que inconscientemente se los buscan y algunos con una porción de ambas partes. En esta última categoría clasificamos todos los fumadores. Somos seres adheridos a un delicioso demonio comúnmente llamado 'pucho'.

Lo odiamos y lo queremos tanto a la vez que hemos llegado al límite de idealizarlo y crearle funciones ficticias. Sentimos que nos baja la comida y nos acelera la digestión; si tenemos frío creemos que nos abriga; si padecemos de baja autoestima, mágicamente consideramos que nos hace ver sexys; en medio de la soledad nos ofrece compañía y en el peor de los casos si se sufre, como yo, de un problema psicomotor, nos crea una función permanente para la inutilizada mano derecha.

Considero que el cigarrillo es un vicio psicológico. Dependemos del humo para respirar. Nuestra ansiedad se nivela, nuestros nervios se controlan, nuestros espacios de alegría se elevan, nuestro insomnio desaparece y el hambre da espera. Es un desastre vital.

Al fumar, en cada exhalación se nos va un pensamiento. No crean que en vano más de un hombre expide aritos por su boca. Hay que entender que puede ser para muchos lo más cercano a la argolla que jamás entregarán. Las mujeres, por su parte, conscientes de la lucha por encontrar al deseado, ven en el cigarrillo el añorado palo del que solo se desprenderán por voluntad y no por obligación.

Quienes lo aborrecen lo hacen porque no le han dado una oportunidad. El que descubre el universo inmerso en el tabaco no lo abandona. Cada cigarrillo, así nos reste segundos de vida, lleva en sí tres minutos de gloria.

Nuestra relación con él es única y genuina, nuestro amor nos permite perdonarle cada uno de sus defectos y optimizarle todas sus deficiencias. Si nos deja la ropa pasada a chicote la llevamos a la lavandería, si quedamos con un aliento nauseabundo cargamos toneladas de chicles y mentas capaces de destruir cualquier secuela, si los dientes se nos ponen amarillos vamos donde el odontólogo o al diseñador de sonrisa para que nos la deje como una pianola.

Hasta por cuestión de imagen, como embajadores del café colombiano, le hacemos honor al producto porque jamás será lo mismo un tinto sin cigarrillo. Nuestro vínculo es único e indestructible.

No somos nadie para contaminar a los demás con nuestra macabra felicidad, no tenemos derecho a robarle el espíritu al aire fresco y mucho menos a compartir nuestra dulce desgracia.

Pero hay que entender que en cada cenicero, aparte de la basura que muchos ven, se quedan sentimientos, ideas, frustraciones, anhelos y sueños de muchos desconocidos rechazados por vecinos que, moviendo las manos y frunciendo el ceño, espantan el humo que nosotros no quisiéramos abandonar.

Perdónennos por disfrutar nuestro mal; pero, como diría nuestra canción: ¡No hay humo pa' tanta gente!

 

http://www.eltiempo.com/vidadehoy/15dejuniode2008/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-4279883.html

Comentarios

me encantó jajaja

Qué potito :P

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