in extrema hora

Ah, pero ... ¿todavía te depilas?

-¿Sabes –oyó decir a César con una voz completamente diferente y gutural– que tienes una deliciosa crestita de vello que te baja por la espina dorsal hasta donde alcanzo ver? Pero me doy cuenta de que nadie la cuida como es debido, está arrugada y desordenada tanto hacia un lado como hacia el otro. Ayer pensé que era una lástima.
César comenzó a acariciarle la nuca justo debajo del gran moño que formaba el cabello de Servilia, y ésta primero pensó que la estaba tocando con la punta de los dedos, unos dedos lisos y lánguidos. Pero César tenía la cabeza inmediatamente detrás de la suya; rodeó a Servilia con ambas manos, y le cogió los pechos. El aliento de él le refrescaba el cuello como un soplo de brisa sobre la humedad, y entonces comprendió lo que César estaba haciendo. Le estaba lamiendo aquel crecimiento de vello superfluo que ella tanto odiaba y que su madre había despreciado y ridiculizado hasta el día en que murió. Lo lamió primero por un lado y luego por el otro, siempre en dirección hacia la cresta de la columna vertebral, avanzando lentamente hacia abajo, cada vez mas hacia abajo. Y lo unico que Servilia pudo hacer fue quedarse sentada presa de sensaciones que ni siquiera había imaginado que existieran, quemada y empapada en una tormenta de emociones...."
 
Colleen McCullough, Las mujeres de César
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